A apenas una hora de viaje en una de esas furgonetas no aptas para claustrofóbicos, por fin llegamos al lugar donde se desenterraron los guerreros de terracota que han llevado el nombre de Xi’an por todo el mundo. Un ejército de 7.000 soldados, cada uno con su rasgos físicos propios, amén de armas, caballos y carros de combate. Una nueva muestra de megalomanía del emperador Qin Shi Huang.



