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De Samarcanda aún pervive la imborrable leyenda, pero sólo se conservan unos pocos monumentos históricos y todos ellos obra de Tamerlán, ya que las hordas mongoles del Gengis Khan redujeron a escombros y cenizas la pujante urbe que asombraba a propios y extraños en el siglo XIII. La legendaria ciudad de la Ruta de la Seda esconde hoy sus impersonales edificios de corte soviético entre largas hileras de frondosos árboles, como todas las ciudades de Asia Central, aunque sus principales monumentos, la espléndida Plaza de Reguistán y el mausoleo del gran Tamerlán, brillan con luz propia en un marco despejado que llenan con su esplendorosa belleza.
Esplendor y declive
Cabría mencionar también la espectacular mezquita que mandó construir Tamerlán a unos arquitectos cuya capacidad era sensiblemente inferior a la ambición del sanguinario tirano. Las ruinas que quedan en pie, tras haberse derrumbado por efecto de un pequeño terremoto en 1897, dan idea de la magnificencia de lo que fue concebido para sobrepasar en tamaño y audacia cualquier otro edificio religioso existente entonces.
Samarcanda alcanzó su esplendor entre los siglos VI y XIII, en que fue una urbe mayor de lo que es en la actualidad, con magníficos monumentos, madrazas y caravasares. Fue centro neurálgico de la Ruta de la Seda y asombro de los viajeros que llegaban desde lejanas tierras. Cuando Alejandro Magno la tomó en el año 329 antes de nuestra era, ya se hablaba de una joya amurallada que le llevó a exclamar: “Todo lo que he oído de Marakanda es cierto, excepto que es mucho más hermosa de lo que había imaginado”. Pero, como queda dicho, Gengis Khan la redujo a escombros en 1220. Todo lo que puede admirarse ahora es obra de Tamerlán, un hombre tan sanguinario como Gengis Khan, aunque mucho más constructivo.
Samarcanda se quedó en leyenda
Ha transcurrido mucho tiempo desde que las hordas de Gengis Khan se sorprendieran de los numerosos capullos que perfumaban la ciudad, pero en eso no ha cambiado Samarcanda. Una miríada de rosas sigue salpicando de color e inundando de fragancia las verdes avenidas que reciben a los viajeros en primavera.
La deslumbrante ciudad que durante más de mil años maravillara a los comerciantes que se aventuraban por los inciertos caminos de Asia Central a la búsqueda del mítico Oriente y sus productos ha desaparecido como por ensalmo. Esta urbe que hoy visitan los turistas de todo el mundo se levanta en el mismo lugar y lleva el mismo nombre, pero no es la legendaria Samarcanda, aquella rosa de los vientos donde confluían todos los caminos de la Ruta de la Seda.



