
Los barrancos de Masca con La Gomera al fondo
Si el pasado miércoles hicimos un recorrido por la costa norte de Tenerife, hoy le toca el turno a la zona occidental. Si aceptamos que la isla tiene forma de pato, estaríamos hablando (y que me perdonen los más finos) de lo que figuradamente sería el culo del animal.
Viento, mar y montaña
Para llegar a Teno debemos atravesar una carretera de montaña con un fuerte viento lateral y despacito, pues los desprendimientos son constantes debido precisamente al incansable esfuerzo del dios Eolo. Una vez atravesadas unas cuantas curvas y algunos túneles excavados en la roca, preparaos para disfrutar del paisaje. Y de una pequeña playa para los más valientes. Al fondo, los acantilados de los Gigantes en todo su esplendor muestran que el nombre les va que ni pintado.
Teno es el punto de unión entre la costa norte y oeste de Tenerife. Y eso se aprecia en el mar: a vuestra derecha en calma y a vuestra izquierda revuelto. La flora de Teno es única en el mundo y está especialmente protegida con la denominación de Parque Rural. Su atractivo reside en que concentra casi todas las especies endémicas de Canarias en un pequeño espacio y en unas condiciones extremas.
Masca y los barrancos
Pero con todo lo dicho anteriormente, no podemos completar un viaje a Tenerife sin visitar los acantilados de Masca. Podemos estar hablando de la zona más espectacular de toda la isla. A Masca se llega descendiendo desde Teno hacia el sur por una carretera que parece patrocinar un anuncio de Biodramina. El estrecho camino está plagado de miradores a cual más impresionante.
Existen rutas para descender los acantilados a pie hasta la playa. Allí, una barca irá a buscaros y os llevará de vuelta a los Gigantes. Una opción muy recomendable no sólo para los amantes del senderismo, sino también para todos aquellos que quieran pasar un día en una playa totalmente virgen, a la que sólo se puede acceder tras dos horas de caminata y atravesando incluso una cueva.
Masca también tiene su propia leyenda. El conocido como barranco de Badajoz es, según cuentan los lugareños, el lugar preferido para aparecerse a incautos visitantes de unos entes blanquecinos montados a caballo.



