Encanto en cada rincón

Pirámide en la puerta del Louvre
París es sin lugar a dudas la ciudad turística por excelencia. Cuna de la bohemia, la genialidad y los excesos que contrastan con la linealidad de sus calles y sus edificios sombríos. Es también símbolo de la moda y del romanticismo. Todo el mundo que ha visitado París sabe que hay una magia especial que envuelve la ciudad. Una memoria histórica turbulenta y cargada de genialidad flota sobre cada sorbo en uno de sus cafés. Su aspecto clásico y gris se llena de vanguardia al anochecer cuando todo se viste de luces. De hecho, históricamente fue la primera ciudad en incorporar luz eléctrica a sus principales calles y edificios más destacados. Por este motivo se ganó el sobrenombre de “Ciudad de las luces”.
Fragua de los principios de la Libertad
Adelantada a su tiempo. En París tuvo su origen la Revolución francesa donde se extendieron conceptos como los derechos del hombre y los principios de libertad e igualdad constitucionales, que poco a poco se fueron extendiendo al resto de Europa y de países (exceptuando EEUU, que ya había luchado por su independencia).
Pruebas de la historia de la revolución son la Plaza de la Bastilla, lugar donde se encontraba la fortaleza y prisión de mismo nombre y símbolo del absolutismo que en la actualidad está destruida y únicamente se encuentra una columna enorme conocida como la columna de Julliet, sin embargo, si el viajero se fija bien en la calzada alrededor de la estatua; podrá descubrir una circunferencia de color distinto que delimita el lugar donde se encontraban los muros de la antigua fortaleza y prisión.
También es muy bonita la Plaza de la Concordia, donde estaba ubicada la famosa guillotina a la cual Robespierre enviaba a los supuestos “traidores” de la revolución. En esta plaza también se encuentra el obelisco de Luxor. Un regalo que en 1829 hizo el gobernador de Egipto, Mehemet Ali, al rey de Francia, Carlos X. Este prodigio arquitectónico cuenta con más de 23 siglos de historia y en su momento perteneció al antiguo templo de Luxor. El rey de Francia, agradecido por el presente, le obsequió a su vez a Mehemet con un reloj de pared que nunca funcionó.
La Torre Eiffel es visita obligada cuando se visita la ciudad del amor. El monumento fue construido de forma temporal durante la Exposición Universal de 1889, pero que se ha comvertido en un símbolo de la ciudad. Contemplarla de noche iluminada por miles de luces que brillan como estrellas es un espectáculo único. Si además el viajero lo hace en barco a través del Sena, es una experiencia inolvidable. Y son tantas maravillas las que esconde esta ciudad que nunca puede dejar de sorprender.
El museo del Louvre posee maravillas como La Gioconda o la victoria de Samotracia. Entre sus paredes, se exhiben obras de incalculable valor artístico y cultural de artistas de la talla de Miguel Ángel, Rubens, Delacroix o Donatello, entre otros muchos, pero además esconde bajo su suelo las ruinas de un antiguo castillo medieval del siglo XII.
Observar la siempre encendida llama de la Tumba del soldado desconocido, homenaje a todos los caídos durante las guerras en Francia, bajo el Arco del Triunfo construido por Napoleón mientras se extiende la línea de la célebre Avenida de los campos Elíseos transporta al visitante a otra época. En esta avenida además se encuentran tiendas de lujo como las de Louis Vuitton.
Para terminar, la colina de Montmartre, donde se extiende el barrio del mismo nombre que inspiró a impresionistas y bohemios. Esta zona está coronada por la Basílica blanca del Sacre Coeur. Cerca de la misma se encuentra el famoso Moulin Rouge, símbolo de la Belle Époque, la cultura del placer y el creciente positivismo de la nueva sociedad de principios del siglo XX, donde la picardía y la lujuria reinaban en los cabarets de la noche parisina. Se trata de un viaje obligado para todas aquellas personas amantes de la vanguardia y la memoria histórica.



