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Lisboa ha pasado por manos romanas, árabes, musulmanas y francesas a lo largo de su historia; culturas que han dejado un rastro en su paisaje y el convencimiento entre sus ciudadanos de que siempre podrían recuperarla. Lo hicieron después de que un terremoto la destrozara en 1755. Incluso fue el escenario para la Revolución de los Claveles, cuando rescataron al país de una dictadura de casi cincuenta años. Quizás por todo ello, visitar Lisboa es vivir varias experiencias a la vez y tener la sensación de que, cuando vuelvas otra vez, las vas a poder recuperar.
Siete colinas y tres barrios
Rodeada por siete colinas, la capital lusa se esconde entre ellas para poder ser admirada desde cada uno de los miradores en que se convierten estas alturas. Uno de los que ofrece las mejores vistas es el Castillo de San Jorge, uno de los puntos más elevados. La subida se puede hacer a pie desde la o coger un tranvía que nos dejará a unos 100 metros del castillo. Además, en este trayecto se puede hacer una parada para ver la Catedral.
Este mirador se encuentra en uno de los barrios más curiosos de Lisboa, la Alfama, donde encontramos la huella de las invasiones árabes y la única zona que sobrevivió al terremoto del siglo XVIII. Se trata de una zona de calles laberínticas y estrechas, cuestas y empedrado irregular llena de tiendas curiosas y un ambiente especial. Es la cuna del fado, y no hay nada mejor que perderse entre sus calles, sentarse y tomarse un vino dulce mientras escuchas un fado.
La zona baja de la ciudad tiene la Plaza del Comercio como punto cardinal. Al lado del río, desde ella parten las calles de la zona baja, como la Augusta, una de las principales. Además, al lado se encuentra el elevador de Santa Justa, una estructura neogótica que asciende hasta 32 mentros y que enlaza la calle Santa Justa con la plaza do Carmo. En la zona baja también nos encontramos otras plazas como la del Rossio y es una zona llena de terrazas y de tiendas.
Belem, un barrio histórico a orillas del Tajo
Al lado de Lisboa, como un barrio más de la ciudad, está Santa María de Belem. Se puede llegar desde la propia ciudad a través de los tranvías que parten desde la zona baja. La visita parece indispensable: situado a las orillas del río Tajo, tiene como principal atracción turística el Monasterio de los Jerónimos, del siglo XVI, y que recoge las influencias de lo que se denominó la Era de los Descubrimientos, en la que se viajaba en busca de nuevos mercados y nuevos mundos. De hecho, al lado del río se alza también un monumento en honor a esta época.
El monasterio es Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco, al igual que la torre de Belem. Ambas construcciones representan un ejemplo de la arquitectura manuelina, una variación portuguesa del gótico.



