por Mariana / 26 de September de 2009

Testimonio del imperio romano y símbolo de la capital italiana, el Coliseo es un punto obligatorio en el recorrido de todos los viajeros que paseen por la bella Roma. Pocos saben que su verdadero nombre es el Anfiteatro Flavio, ya que en todo el mundo se lo conoce como el Coliseo.

El Coliseo es el símbolo eterno de Roma

El Coliseo es el símbolo eterno de Roma

Así como hoy es imposible imaginar Nueva York sin la Estatua de la Libertad, o París sin la Torre Eiffel, Roma como ciudad parece inconcebible sin este inmenso anfiteatro, que ha sobrevivido casi dos milenios, el paso del tiempo, los terremotos, los saqueos e incluso los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Algo de historia del Coliseo

Este anfiteatro, cuyas majestuosas ruinas rememoran el fastuoso monumento que debió haber sido en su tiempo, fue mandado a construir en el año 72 d. C. por el emperador Vespasiano. Ocho años más tarde, lo inauguró otro emperador, Tito. En aquellos tiempos, el Coliseo servía de escenario para los más sangrientos espectáculos: combates a muerte entre gladiadores y animales salvajes, carreras de carros, ejecuciones de condenados. La inmensa estructura de más de 50 metros de altura y un óvalo de casi 200 por 160 metros de diámetro era capaz de alojar 50.000 espectadores. La entrada era gratuita, el espectáculo tenía su comienzo al amanecer y en ocasiones se extendía hasta la noche.

Cuando el emperador Constantino estuvo al poder oficializó el cristianismo como religión y las luchas a muerte fueron disminuyendo su frecuencia, hasta que finalmente fueron prohibidas en el año 523. El Coliseo quedó abandonado. Las piedras y las estatuas que en algún momento lo adornaron fueron saqueadas. A comienzos del siglo XVIII, el monumento fue consagrado iglesia pública en memoria de los mártires cristianos cuyas vidas vio apagarse. El siglo XIX trajo una serie de reformas y acondicionamientos que permitieron que el Coliseo llegara hasta el día de hoy.

Postales del Coliseo

La primera imagen de este impresionante monumento aparece ante los ojos del viajero en la plaza del Campidoglio, con un balcón que asoma desde los Foros Imperiales y desde donde se pueden divisar otros grandes monumentos del pasado glorioso del Imperio Romano. Pero para llegar hasta el monumento, el viajero debe sortear una larga fila de gente. A su alrededor, gitanas, mendigos, vendedores de recuerdos y hasta hombres disfrazados de gladiadores se ganan su pan del día.

Una vez hecha la fila, se atraviesa el camino de piedras que lleva al Coliseo en todo su esplendor. Allí el viajero podrá apreciar las hermosas columnas dóricas, jónicas y corintias (según el nivel en el que se encuentren), ochenta arcos de galerías y los restos de inmensos muros de mármol travertino. Y visitar, entre otros lugares imponentes, los pasadizos, jaulas y mazmorras de los condenados, recuerdo del horror pasado.

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