por admin / 11 de September de 2009

En la zona más elegante de Buenos Aires, se encuentra un cementerio que también es museo. Un lugar famoso tanto por sus “huéspedes” ilustres como por sus vistosas esculturas. Las leyendas impregnan al lugar de un aura de misterio.

Cementerio de La Recoleta en Buenos Aires (Fotografía: Claudio Elías)

Cementerio de La Recoleta en Buenos Aires (Fotografía: Claudio Elías)

El barrio conocido como Recoleta está ubicado en la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires. Durante la década de 1870, cuando la ciudad sufrió la epidemia de fiebre amarilla, muchos porteños de clases acomodadas dejaron sus residencias de San Telmo y Montserrat y se instalaron en Recoleta.

Así, este barrio se convirtió en una de las zonas acomodadas de la ciudad, y el Cementerio de la Recoleta pasó a albergar a los difuntos de las familias ilustres. Hasta el día de hoy, sigue siendo la última morada de muchos presidentes, intelectuales y artistas, nombres que pasaron a integrar la historia argentina.

Un poco de historia

El nombre del lugar proviene de los frailes de la orden de los recoletos descalzos, quienes habían llegado a la zona a principios del siglo XVIII. En ese lugar (que por entonces se hallaba en las afueras de la ciudad) fueron levantados un convento y una iglesia –Nuestra Señora del Pilar, hoy un Monumento Histórico Nacional-. Los lugareños nombraron “la Recoleta” a la iglesia de los recoletos, y ese nombre se fue extendiendo a toda la zona aledaña. La orden se disolvió en 1822, y a fines de ese mismo año la huerta del antiguo convento se convirtió en el primer cementerio público de la ciudad.

Un poco de leyenda

El Cementerio de la Recoleta guarda pasiones inconclusas y muchos misterios ocultos. Hay quienes dicen que hay más de un fantasma pululando en su interior. En la mayoría de los casos, se trata de jóvenes mujeres muertas por envenenamiento, suicidios o tuberculosis. Por ejemplo, se dice que por las noches en la intersección de las calles Vicente López y Azcuénaga aparece una dama de blanco llorando desconsolada. Algunos evitan detenerse en esa esquina para no encontrarla.

Otra historia escalofriante es la de Rufina Cambaceres y su trágico destino. Se cuenta que la joven estaba por casarse, muy enamorada, y antes de su boda sufrió un ataque de epilepsia al enterarse –por una amiga- que su madre era amante de su novio. La madre ordenó rápidamente que se la enterrara, dándola por muerta. Pero por la noche, en la tumba, los guardias escucharon ruidos. Al abrirse el ataúd a la luz del día, el horror: la joven tenía marcas de rasguños y las paredes del ataúd también mostraban las marcas de su intento de fuga. En efecto, al despertar del ataque, Rufina intentó y no logró salvarse, y murió asfixiada. Su enamorado era nada más y nada menos que el joven Hipólito Irigoyen, quien después sería dos veces presidente de la República Argentina.

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