En los últimos años, Túnez se ha convertido en uno de los destinos predilectos de los turistas, ya que es un lugar en el que se pueden vivir de primera mano las diferencias culturales existentes entre el Islam y la cultura occidental con cierto grado de seguridad. Además, a todo eso hay que añadir que [...]

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No obstante, en el país tunecino, a parte de sus zocos, sus mezquitas y sus mercados, guarda una de las ciudades más misteriosas de la historia, Djerba. Un lugar que perfectamente pudo estar presente en la homérica aventura de la Odisea y que en la actualidad guarda cierta carga de misticismo que va más allá de sus monumentos.
Ciudad cartaginesa
Los primeros en poner en el mapa a la ciudad africana, que se encuentra en al sur de Túnez, fueron los fieros compatriotas del gran general Aníbal, los cartagineses, quienes en un primer momento le otorgaron el nombre de Menix, cuyo significado es ‘falta de agua’. Un defecto, que no impediría que se convirtiera en un gran centro comercial, en un punto estratégico dentro del Mediterráneo.
De todos modos, éste hándicap fue pronto subsanado por los habitantes que llegaban hasta la región, quienes fueron construyendo pozos de arcilla y argamasa para poder recoger el poco agua de lluvia de la región. Además, la llegada de los hábiles ingenieros romano permitió que la ciudad dejase de tener dichos problemas de suministro. A parte, hay que decir, que Djerba se ha convertido desde la E. Media en un punto de referencia en el trasiego de caravanas que iban desde Europa a África y viceversa
Arquitectura singular
A pesar de que Djerba, pertenece al territorio tunecino tiene algunos elementos que le hacen especial y le diferencian de la mayoría de las ciudades del país africano. Uno de estos elementos es, sin duda, la arquitectura. En absoluto tiene que ver con la llevada a cabo, en otros lugares, sobre todo porque sus mezquitas y residencias, con formas geométricas similares a pequeñas fortalezas, fueron construidas por una étnia musulmana que fue perseguida, los abadíes.
Sin embargo, si hay algo que no hay que perderse cuando se visita la región de Djerba, son los atardeceres. El cielo adquiere un color rojizo que visto desde la orilla del mar en una de las maravillosas playas de las que dispone, hace que se cree un visión continua en la que el cielo y la tierra se difuminan. Para los lugareños, ésta supone la constatación que Alá cada noche toca la tierra para cerciorarse que todo va bien.