Situada a 3.400 metros de altitud, fue la capital del imperio incaico hasta que los hombres del Imperio español, al mando de un tal Francisco Pizarro, se plantaron allí atravesando la cordillera y se permitieron la machada o la locura de secuestrar al Inca en medio de todo su ejército. Aunque sus habitantes se resistieron, [...]

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Poco queda de ella en el Cuzco actual. Lo que hoy se encuentra el visitante es la ciudad colonial, levantada por los conquistadores sobre las ruinas de los palacios y los templos de la originaria. La gran plaza Huacaypata, centro neurálgico de la urbe prehispánica, y antaño rodeada de palacios, se convirtió en la actual Plaza de Armas, donde se erigieron la catedral y una gran iglesia de la Compañía de Jesús, además de las casonas de los nuevos amos de Cuzco.
Ombligo del mundo
La llegada a Cuzco viene precedida por toda clase de advertencias acerca del soroche o mal de altura, que además se manifiesta de diversas formas en cada viajero. Para algunos no pasa de ser una leve molestia, pero para otros puede suponer un grave trastorno e incluso un pasaporte al hospital.
La costumbre aconseja tomar una infusión de hoja de coca y también moverse poco y descansar un rato hasta que el cuerpo se habitúa a la diferencia de presión. También evitar cualquier comida que pueda suponer una digestión pesada. Durante las primeras horas uno experimenta un cierto atontamiento, y observa en el trato de la gente del lugar una especie de atención suplementaria, por si el forastero resulta ser de los sensibles al mal.
Choque de dos culturas
Cuzco viene a ser el silencioso recordatorio de una gran tragedia: el choque entre dos concepciones casi opuestas de la vida, que se saldó, como suele suceder, con la victoria inapelable de la más ambiciosa y la aniquilación de la más ingenua.
Tal vez no haya en Cuzco un lugar que lo atestigüe con tanta nitidez como el antiguo recinto del Qorikancha, el conjunto de templos donde se rendía culto a todas las divinidades, empezando por el Sol y la Luna. Sus muros de piedra estaban recubiertos de planchas de oro y de plata, que fueron rápidamente expoliadas por los hombres de Pizarro. Luego sirvieron como cimientos del imponente convento que, con su iglesia anexa, ocupa hoy el lugar.