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Imagen obtenida de http://www.tourism.go.ke/default.nsf/doc21/4YMS72FZEI2?opendocument&l=1&e=2

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En Lamu los coches no tienen cuatro ruedas, pero su resistencia es comparable a la de cualquier todoterreno que se precie. Y es que las estrechísimas calles de estilo árabe que se extienden a lo largo y ancho de la isla hacen imposible el tránsito para cualquier automóvil, por lo que los vecinos de Lamu se trasladan de un lado a otro a lomos de sus incombustibles burros, de cuya reparación se encarga un hospital situado en pleno paseo marítimo, una auténtica delicia para los amantes de lo exótico.

‘Hippies’, puertas y turismo

Pero ahí no acaban las sorpresas de esta pequeña isla. Hace años, cientos de ‘hippies’ europeos –mayoritariamente italianos-, hartos de atascos y contaminación, hicieron de Lamu su particular Benidorm, por lo que no es difícil ver en las calles de la isla algún que otro rastafari en medio de cientos de túnicas árabes. Tan esperpéntico como enternecedor.

Otra de las grandes maravillas de este rincón en el que los relojes se pararon hace mucho tiempo son sus puertas; auténticas obras de artesanía talladas a mano por los carpinteros de la isla. Entrando a uno de los muchos talleres dedicados a esta labor, uno llega a sentirse como si estuviera viendo ‘Bricomanía’ en pleno siglo XVI. Gracias a la globalización –que no todos sus efectos son negativos-, hoy en día podemos disfrutar de las maravillosas puertas de Lamu prácticamente en cualquier rincón del mundo.

La otra gran fuente de ingresos de la zona es el turismo, tal y como cualquier visitante apreciará con sólo poner un pie en la isla. Cientos de jóvenes autóctonos le rodearán ofreciéndole sus servicios como guía a cambio de unos pocos chelines. Al contrario de lo que pudiera parecer, conviene contratar los servicios de estos improvisados licenciados en turismo, pues gracias a ellos tendrá la oportunidad de visitar el interior de alguna que otra vivienda de estilo árabe o swahili, un espectáculo digno de ser visto.

Regreso al futuro

A no ser que haya llegado a Lamu en avión, no tendrá más remedio que contratar los servicios de un bote para regresar al continente, algo que tampoco le supondrá demasiadas dificultades. Si en la isla abundan los guías, el número de capitanes de barco por kilómetro cuadrado probablemente sea el más elevado del mundo.

El paseo en bote hasta la otra orilla es un placer difícilmente descriptible: cientos de palmeras elevándose en las islas de la zona, el viento acariciando nuestro rostro, pequeñas embarcaciones saludando a nuestro paso… De nuevo en tierra firme, basta echar la vista atrás para observar que no hemos regresado a la Kenia peninsular, sino al futuro. Como hiciese Michael J. Fox en su DeLorean, pero sin máquina del tiempo.